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El antes y después de Lady Tabares, la vendedora de rosas

Colprensa  |  23 de junio de 2015 (19:00 h.)

Leidy Tabares crió 32 gatos en la cárcel. La mayor parte de ellos, de la Colimocha, una de las tantas felinas que correteaban por los viejos tejados del Buen Pastor, armando un alboroto del demonio.

La exvendedora de rosas hablaba con la gata cada vez que la veía. En un regaño amable, le decía que era una hembra muy "contenta", pues cada rato paría una camada, dejaba los cachorros para que se los criara y a los días estaba otra vez preñada.

Y ella como que le entendía, dice Leidy, sonriente, sentada en la terraza de su casa en Bello, en medio de cuatro gatos manchados que a ratos buscan el sol y a veces la sombra.

Cuenta que preparaba comida para los amigos peludos y tenía una caja en la celda para mantener calientes los críos.

"La que me queda de ese tiempo es Manchas", dice, señalando a una gata que ronda cerca de ella.

Leidy Tabares está disfrutando los días en su casa, asignada como sitio de reclusión desde el 8 de mayo de 2014, luego de estar encerrada 12 años, de los 26 de la sentencia. Se da algunos gustos de hija de familia. Le pide a su madre, Magdalena, que le prepare y lleve hasta ese sitio desde el que ve el cielo azul y algunos cerros, un vaso de jugo de papaya con cola granulada, que le encanta.

Y es en estos momentos, escasos por cierto, en que vuelve a ser niña. La cárcel fue esculpiendo dureza en su rostro, forjando temple en su carácter y poniendo pocas palabras en su boca. Tiene el pelo amarillo; una camisa gruesa de un rojo pálido; pantalón beige; una media distinta en cada pie, tobillera en el derecho, en el que porta el brazalete electrónico, y tenis amarillos.

"Soy muy dada a lo esotérico. Al celular me llega un mensaje cada día con el color de la suerte. A los de Géminis, hoy nos conviene el beige".

Un gallo canta en una jaula, al otro extremo de la terraza. Un niño, su sobrino, pedalea en su triciclo mientras reniega quién sabe de qué con un enredo de sonidos que quizás él entienda. De pronto, la madre aparece por la puerta de las escalas. Llega con el jugo. Luego se aleja haciendo aspaviento por un perico que vuela hasta el poste del alumbrado público. "¡Corra, Angie, pa que lo vea", le dice a la menor de sus hijas, que por ahí anda, embarazada.

UNA VIDA INTENSA: Leidy tiene recuerdos borrosos de sus primeros años en Niquitao. Imágenes difusas de la pensión en que vivía con su madre y sus hermanos. Tiene claro que todos los días de su vida salía con ellas o solo con su madre a pedir limosna o a vender rosas o golosinas para sobrevivir y que antes del mediodía regresaba "a comer arepa con gorditos y aguapanela". Que fue objeto de violación... Un día, sola, anduvo más de la cuenta y ese paisaje de casas tan iguales, de cuadras tan homogéneas, se le tornó indescifrable y no fue capaz de regresar a la pensión.

"Me recogió una señora de una caseta de Postobón. Me entregó a la policía y yo pasé en un batallón muchas horas, hasta que me llevaron al convento de unas monjas en La Estrella. No recuerdo el nombre de la comunidad. Solo que llevaban vestido gris y me pegaban mucho. Como me orinaba en la cama, me hacían lavar esas cobijas tan grandes y pesadas....". Y que se volaba y volvían a internarla tantas veces que no tienen contadero. Hasta que en una de esas la llevaron al internado de las monjas de Mater Dei, en el barrio San Joaquín, del cual tiene solamente recuerdos gratos.

"Allá me bautizaron, me hicieron la Primera Comunión, estudié. Un día estaba en un salón en primero y, más tarde, en otro, en cuarto... Me trataron bien. Soy muy religiosa, por la educación que me dieron. Soy muy de Dios y de la Virgen... aunque tantas cosas dolorosas que me han pasado han hecho que mi fe se desvanezca un poco. Pero sigo creyendo que en el universo hay una energía que rige los destinos del todos".

De ese tiempo, Leidy llevará por siempre en el corazón a la Hermana Ángela. Una religiosa que la trataba con amor. Fue la artífice de que se reencontrara con la mamá. Se fue con ella a Niquitao en un carro del convento y, al llegar al barrio, caminó con ella de la mano.

"Se me había borrado la imagen de mi mamá. A la primera mujer que vi, le pregunté si conocía a una señora más bien bajita, a la que le decían la Chiquita. 'Usted cómo se llama', me preguntó ella. Le dije: 'Leidy'. Y ella corrió como loca, dentro de la pensión a decir ¡Leidy volvió! Y toda la pensión salió a verme. Yo estaba de pelo cortico: me habían tusado porque tuve piojos...".

UN MOMENTO MÁGICO: Volver a la vida de escasez, de vacíos afectivos... Otra vez a pedir limosna, a vender rosas, golosinas... A gaminear más... A ir por los bares, a las casas de los barrios burgueses... La verdad es que tal vez hubiera preferido quedarse con las monjas. Por eso, en algún momento dijo que quería volver a un internado. Fue a parar al Luis Amigó, de Caldas.

Hasta allá llegó un día Víctor Gaviria, el director de cine, a buscarla para que hiciera el protagónico de La vendedora de rosas. La había recomendado su amiga Mónica Rodríguez, quien haría el personaje central de esa cinta basada en su propia vida, diez años atrás, cuando, al parecer, Gaviria no tenía los recursos para rodarla y en la espera "se le creció" la protagonista y se vio obligado a buscar a otra que la encarnara. Esa era Leidy Tabares. Se había hecho amiga de Mónica en las calles. Juntas se colaban en los cines para ver películas.

Y llegó para ella ese momento mágico. Así lo recuerda. Así lo llama. La película, los viajes por Europa y América... Lo vivía como una fantasía. Que en Cannes, te dijeran: ese señor hace lo que tú quieras: si tienes hambre, vuela a comprarte la comida... Los premios por su actuación... Que ande derechita por la alfombra roja... No, qué iba a saber lo que significaban esas cosas. Aunque las disfrutaba...

Pero más que nada, los muertos. ¡Ay, Dios! ¡Cuánto le han dolido los muertos! Si quedan vivos cuatro de los actores de esa película, son muchos. "Creo que si la vida les hubiera alargado un poco más las oportunidades a todos ellos, se hubieran regenerado. Más de uno se hubiera convertido en una persona de bien".

Hasta la caída a la cárcel, sindicada de ser autora intelectual de un homicidio ?lo cual niega con empeño?, se la atribuye a ese momento mágico.

En las cárceles ?la de El Buen Pastor, la de Valledupar, la de El Pedregal?, aprendió a luchar por la defensa de los derechos humanos de las reclusas. Aficionada a la lectura desde los tiempos de la película, formada por numerosos autores, entre los que prefiere a Dante Alighieri y Paulo Coelho, se dedicó a estudiar los códigos y los reglamentos para evitar abusos. Y ante cualquier atropello a alguna de ellas, escuchaba un grito coral: "¡Tabares!", con el que clamaban por su intervención. Un liderazgo que ni ella conocía.

"En la vida, el destino viene escrito en muchas partes. Uno completa algunas otras y, sobre todo, le pone los puntos y las comas, muchas veces donde no son y ahí es donde se tuerce del camino y tiene que sufrir".