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Si el petróleo ha bajado, ¿por qué no baja la gasolina?

El Tiempo  |  16 de enero de 2015 (01:26 h.)
Gasolina

A pesar del bajo costo de la gasolina en el mundo, en el país las cifras siguen siendo un escándalo.

En Estados Unidos, que le compra petróleo a Colombia, un galón de gasolina corriente cuesta en este momento una suma equivalente a 5.500 pesos. Pero en Colombia, que le vende petróleo a Estados Unidos, el mismo galón vale 8.500 pesos. Diferencia: 3.000 pesos. Ahora miren esto: el nuevo salario mínimo en Colombia quedó en 644.350 pesos. El de Estados Unidos es, en promedio, de 4 millones de pesos. Hagan ustedes la cuenta.

En los últimos tres meses, la noticia económica mundial más importante y más constante ha sido la estrepitosa caída en los precios del petróleo. Desde octubre, el barril ha bajado alrededor del 57 por ciento. Para seguir con el mismo comparativo, y no cambiar de montura en mitad del río, durante ese trimestre el costo de la gasolina bajó 46 por ciento en Estados Unidos. Pero en Colombia solo ha bajado 2,5 por ciento.

Fenómenos similares están ocurriendo, como consecuencia lógica, en todas partes. En Alemania la reducción llega al 37 por ciento. En Brasil, que es más parecido a nosotros, ha sido de 32 por ciento. Por eso, entre 16 naciones de América Latina, Colombia ocupa en este momento el tercer puesto con la gasolina más cara, superada solo por Uruguay y Chile. Y no olviden que nosotros somos productores. Qué tal que no.

(Debo advertir que, cuando menciono cifras relacionadas con la gasolina en Colombia, me refiero a promedios, por cuanto los precios varían entre regiones y ciudades.)

Antes de que algún ministro me llame ignorante por hacer comparaciones con alemanes y gringos, pongamos otro ejemplo y hablemos, mejor, de lo que está pasando en Ecuador, que es nuestro vecino de frontera. En este mismo trimestre, la gasolina corriente ecuatoriana ha bajado tanto, que hoy cuesta el equivalente de 3.600 pesos colombianos. Traducción: en Colombia ese mismo galón, igualito, vale 2,4 veces más que en Ecuador. Como quien dice, el nuestro es 140 por ciento más caro. Deberían explicarnos qué tanto se favorecen las multinacionales petroleras con el precio de la gasolina colombiana.

¿A qué se debe esa inequidad? Como decía una comadre mía: ¿por qué nos tratan como hijos de menos madre? Esa es la pregunta que hay que hacerse. Los doctores intentan explicarlo con una fórmula de algoritmos que nadie entiende y el Gobierno le echa el muerto al aparatoso encarecimiento del dólar. Mientras tanto, el pueblo se queda viendo un chispero.
Entonces comprendo que ha llegado la hora de salir a buscar respuestas sencillas y consultar a los expertos, a los sabios en la materia, a los que se especializan en desentrañar semejantes vericuetos.

Juez y parte

La verdad monda y lironda, escueta y sin adornos, es que el precio de la gasolina en Colombia no es un precio sino un escándalo. Desde hace más de cincuenta años el Estado vive a costillas de Ecopetrol. La volvió su caja mayor. De allí es de donde sale la plata para todo. Y, con tal de conseguir cada día más recursos, convirtieron el precio de la gasolina en un abuso permanente contra los consumidores. Mejor dicho: en cuanto hace relación con precios del combustible, el Gobierno es juez y parte. Repica y anda en la procesión al mismo tiempo.

El Estado es dueño del 80 por ciento de Ecopetrol. Se les llena la boca hablando de la “democratización de la empresa”, solo porque vendieron el 20 por ciento restante a pequeños inversionistas particulares. Lo que significa que el Estado recibe, como accionista, 80 centavos de cada peso que produce Ecopetrol. Pero además, y para remacharle la tapa al frasco, cobra en impuestos el 53 por ciento, nada menos, de lo que paga el ciudadano por un galón.

Lo cierto es que la gasolina se ha convertido en un infierno tributario de sobretasas, arandelas, gravámenes fiscales o globales y retahílas de toda índole. Las cifras, que nunca mienten, son tercas como una mula: en los doce meses que acaban de pasar, el Estado recibió más de 4 billones de pesos por concepto de impuestos al combustible. Ojo: solo de impuestos, sin sumarle su 80 por ciento de utilidades. Y esto no se refleja en mejores calles ni en mejores carreteras, como en Ecuador.

Cara y sello

Producir un galón de gasolina le vale a Ecopetrol 1.900 pesos. Los especialistas creen que, aunque a esa suma se le agreguen todos los demás gastos, en sana justicia un galón de corriente no debería costarle hoy al consumidor colombiano más de 6.200 pesos. Y el de extra, que vale 10.500 pesos, no debería pasar de 8.200.

La pregunta terrible que el ciudadano se viene formulando desde hace muchos años es esta: ¿qué parte de todo ese dineral se queda enredado en las alcantarillas de la corrupción?

De modo que nos tienen atrapados: si baja el petróleo, no baja la gasolina, pero tampoco bajan los impuestos. El paganini siempre es el ciudadano, aunque bajen las materias primas. Como quien dice: con cara ganan ellos, pero con sello perdemos nosotros...

Aquí nadie protesta ni nadie abre la boca. Los congresistas, ¿a quién diablos es que representan? Para qué nos amargamos la vida mirando el caso de los pasajes de avión. Durante la temporada decembrina que acaba de pasar, y mientras el petróleo seguía bajando de precio, un tiquete para volar de Bogotá a Cartagena, ida y vuelta, costaba un millón de pesos, poco más de 400 dólares. Pero al mismo tiempo, en la ruta Nueva York-Londres-Nueva York, cruzando el océano y cambiando de continente, valía poco menos de 300 dólares.

Un mundo nuevo

Mientras camino por Miami, al empezar el año, me pongo a revisar los cartelitos metálicos que se ven en los parqueaderos de supermercados y centros comerciales. Son los mismos que antes reservaban los primeros puestos y los mejor ubicados a los carros de minusválidos o de funcionarios oficiales.

La situación ha cambiado. Los nuevos avisos advierten que esos sitios están destinados ahora para que estacionen los vehículos eléctricos, en primer lugar, y luego los híbridos, que combinan electricidad y gasolina. Los que siguen son para los de bajo consumo de combustible y para los que dispongan de mecanismos que reducen la polución.

Es una declaratoria de guerra abierta al petróleo, por costoso y por contaminante. Como tantas otras naciones del mundo, Estados Unidos ha resuelto que el petróleo es dañino para las relaciones internacionales, para la economía, para el organismo de hombres y animales, para la vida de aguas y árboles, para las agallas de los peces, para el pétalo de la flor. En Finlandia, desde hace dos meses, los parqueaderos privados rebajaron la mitad de su tarifa a los carros eléctricos. Suiza les redujo los peajes de carretera en 20 por ciento.

¿Se dan cuenta de que en el mundo están pasando cosas? La cultura de la gasolina se está transformando. La del automóvil también. ¿Ahora comprenden ustedes cuál es la razón para que en unos cuantos meses el precio internacional del barril se haya desplomado más de 65 dólares? El gobierno de Suecia acaba de anunciar, henchido de orgullo, que el precio de su gasolina es hoy más barato que hace nueve años.

Epílogo

En Colombia, en cambio, nuestro futuro inmediato no pinta color de rosa ni de risa. Es evidente que el mundo se está preparando para consumir mucho menos petróleo, pero el Estado colombiano no se prepara para que sus ingresos y finanzas dependan cada día menos del precio de la gasolina, de los impuestos que le pone y de la ubre que le ordeña a Ecopetrol.

¿Acaso nuestros gobernantes creen que será posible seguir viviendo de un barril de petróleo que hace seis meses vendían a 115 dólares y que ahora tienen que vender a 48? Ante ese desplome, valdría la pena saber cuáles son sus planes para reemplazar los ingresos que ya están dejando de recibir.

Hay una pregunta que me está dando vueltas en la cabeza. Aquí va, antes de terminar: si la gasolina bajara en forma consistente, ¿no se movería más la economía callejera, ya que la gente ahorraría esa platica para invertirla en ropa, comida, tiendas, comercio?