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Yaigogé-Apaporis: un paraíso en las selvas colombianas

El Tiempo  |  23 de junio de 2014 (04:27 h.)
Raudal de Jirijirimo

Yaigogé-Apaporis: Este parque nacional, con sus raudales y postales salvajes, es un destino bello y asombroso.

Primero hice soñar a los colombianos con Caño Cristales, luego con el Raudal de Jirijirimo, después con Raudal Alto de Caño Mina y los Cerros de Mavecure. Y seguiremos soñando porque las bellezas de ese país son inconmensurables.

El Raudal de Jirijirimo, atractivo principal del Parque Nacional Natural de Yaigogé-Apaporis -no el único- fue escogido en Estados Unidos por unas fotos mías como el paisaje más bello del planeta. Lo que cautiva de la cascada del río Apaporis es su ambiente totalmente salvaje, sin hoteles, carreteras, ni infraestructuras de ninguna especie. Salvaje es lo más parecido a libre, decían los indios de las praderas.

La última vez llegamos a La Victoria, poblado que antes se llamaba Pacoa. El DC3, caballito de batalla de la Segunda Guerra Mundial, se posó sobre la pista a la que los indígenas habían cortado el pasto. Les entregamos los regalos de sal, jabones y anzuelos que habíamos llevado y que ellos tanto necesitan.

Inmediatamente, dado lo avanzado de la tarde, montamos en las lanchas y navegamos río abajo. El atardecer fue magnífico, coloreó los cielos y la selva y sus reflejos incendiaron el río con pinceladas violentas.

Debimos montar las carpas en unos playones amarillos donde en otra ocasión yo había encontrado una anaconda de unos seis metros de longitud. Jirijirimo significa precisamente cama del güío. Madrugamos y a media mañana llegamos al poblado de los indígenas cabiyaris, amigos míos desde muchos años atrás.

Precisamente cuando llegué por primera vez a Jirijirimo, en l978 -cuando casi nadie sabía de la existencia de esta cascada- los cabiyaris decidieron establecerse al lado del raudal.

Al año siguiente los convencí de que construyeran el poblado dos kilómetros más arriba y así lo hicieron. Montamos las carpas bajo techo dentro de sus malocas. En mi grupo iban dos excelentes médicos. Elio Mendoza, experto en terapia neural -salvó al hijo del capitán Gustavo, que estaba de muerte- y Carlos Uribe atendió magníficamente los problemas traumatológicos de los indígenas, que no eran pocos.

El río Apaporis, soberbio y solemne, se va curvando y formando numerosas cascaditas de uno y dos metros hasta lanzarse por una monumental escalera de más de 70 metros de caída. El arcoíris es compañero habitual del estruendoso y monumental espectáculo. Horas enteras pasamos embelesados en ambas orillas del raudal mirando cómo el agua se escurre entre unas trenzas vegetales verdes y largas a manera de cabelleras. Por la margen derecha del río buscamos colocarnos al frente del raudal para admirar cómo la poderosa tromba se deshace en espumas y retazos de arco iris.

Pura vida

Un día los cabiyaris nos llevaron a visitar su sembrado de coca y asistimos a la preparación del mambe, el cual se obtiene de macerar las hojas hasta convertirlas en polvo y mezclarlas con la cal que ellos consiguen quemando hojas de yarumo. Mastican el mambe acompañándolo con tabaco y se obtiene el efecto deseado. Les quita el hambre y el sueño. Nosotros masticamos las hojas de la coca y alcanzamos a sentir cómo se nos adormecía un poco la lengua.

Podíamos bañarnos tranquilamente al lado del raudal en un remanso abrigado por las rocas. Al salir del raudal, así llamado aunque propiamente es una cascada, el río se encajona y recorre varios kilómetros entre paredes de unos 25 metros de altura. La anchura del cauce no rebasa los 30 metros en este cañón.

Entonces, el río llega al llamado Túnel del Apaporis, que realmente no es tal, pero lo parece. Está abierto por arriba. Allí el río, que antes de lanzarse por la cascada tiene más de un kilómetro de anchura, se reduce a unos seis metros. La profundidad en el túnel, hueco de unos 50 metros de longitud, es de varias decenas de metros.

El agua se ve tranquila, pero de repente surgen del fondo remolinos peligrosos que los indígenas saben esquivar hábilmente. Para llegar al Túnel hemos recorrido por la selva un camino que más parece la entrada al reino de la felicidad por el silencio, las lianas, las flores silvestres, los cantos de los pájaros, la solemnidad. Hemos salido aguas abajo.

Y por grupos de tres o cuatro en una curiara llevada a remo por los indígenas nos vamos hundiendo en la solemnidad del Túnel. Mientras tanto los que esperan se bañan en una poceta tranquila que se encuentra doscientos metros abajo del Tunel. Al regreso, caminando por el bosque, venimos asimilando y reviviendo una de las emociones más grandes que hayamos vivido: la navegación por el mítico Túnel del Apaporis.

Este corazón de la Amazonia colombiana es rico en todas las especies animales y vegetales de la selva. En mamíferos, desde el poderoso jaguar hasta los hermosos tigrillos. En reptiles, desde la enorme anaconda o güío acuático, hasta pequeñas lagartijas. En aves, desde la reina de los aires: el águila harpía, hasta centenares de variados pajarillos de un país, como el nuestro, que ocupa el primer puesto en el mundo en cantidad de especies de aves.

Los científicos dicen que en peces hay todavía muchas especies sin estudiar en estas selvas y que insectos hay millones -millones dicen- desconocidos todavía para la ciencia.

Yaigogé-Apaporis es hoy el Parque Nacional emblema de la biodiversidad natural en la que Colombia es campeona mundial.