06:00 h. Domingo, 25 de agosto de 2019
Andrés Castañeda

Opiniones de
Andrés Castañeda

"Somos nosotros: Joel y Ainara"

A veces hay que apaciguarse y mirar hacia otro lado, escribir sobre cosas distintas, menos densas, menos perniciosas. Porque la política sigue siendo la política, pero el mundo continúa ahí, resistiendo, pese a todo. Porque a veces lo menos importante es más importante que lo importante. Porque mientras unos se empeñan en destruirlo todo, otros simplemente viven, haciendo que el mundo se rebele constantemente. Porque a estas alturas, vivir es un acto contestatario.

A mis hijos

Pienso en unas cuantas cosas que tendría que decirles a mis hijos, en caso de que llegara a tener hijos, sobre el país en que les tocó vivir.

Fachadas

Dicen los creyentes que la fe mueve montañas. Dicen los ateos que son montañas de dinero. Ella, sin embargo, lo dice de una mejor manera: "... ese espíritu que nos arranca de la quietud y nos lleva a escalar montañas no me fue dado. Supongo que a cambio tengo la fe que las mueve". No sé si la fe pueda hacer que una montaña renuncie a su pacífica quietud para, por ejemplo, llegar hasta Mahoma, pero si la fe tiene alguna utilidad, tal vez no sea la de arrancarnos de la quietud sino precisamente todo lo contrario: la fe nos mantiene inmersos en ella para poder contemplar el mundo sin afán.

El predicador

No hay que hacer esfuerzo alguno para verlo: enciende uno el televisor y ahí está, abre los periódicos y ahí está, escucha radio y ahí está. Su voz está en todas partes. Él es omnipresente por obra y gracia de los medios y, claro, cómo olvidarlo, de su poder. Tiene siempre una declaración que entregar porque lleva a dondequiera que vaya la verdad en la punta de su inmaculada lengua. Sabe que cada palabra suya amerita la atención de todos los micrófonos y que, por ende, cada palabra suya, cada verdad que va soltando, será un titular, una noticia, un escándalo.

Ustedes, señores

No señores, no les creemos: esta no es una guerra contra una amenaza terrorista y no es tampoco una guerra revolucionaria. Esta es una guerra estúpida que han librado ustedes -cada uno con sus discurso y sus tropas- para beneficio de ustedes y nada más de ustedes. Y no, no señores, no estamos dispuestos a recibir un golpe más. No vamos a seguir callados mientras ustedes se reparten el derecho a hablar, a despotricar uno del otro como perros rabiosos que se pelean por un pedazo de carne. Tal vez ha sido ese uno de sus mayores errores: que ven en nosotros a una presa fácil que pueden seducir y atrapar mientras le siguen enseñando los dientes a su enemigo. Ustedes se odian pero se necesitan, pero nosotros, señores, no los necesitamos a ustedes. Nos estorban.

Mandamiento

"Le pregunté a mi hijo: 'Si nosotros los buenos matáramos a todos los malos, ¿quiénes quedaríamos?. 'Los asesinos', me contestó". 

Plegaria

Uno termina por elevar una plegaria a Dios, a un dios cualquiera, a todos los dioses, implorando la salvación. Pidiendo que nos libre de lo irremediable, de lo que nadie puede -ni quiere ni ha querido nunca- prevenir. Y ya que nosotros mismos no pudimos hacerlo, uno cierra los ojos y le pide a un dios, o a todos, así no crea en ninguno, que nos salve de una buena vez y, si se puede, para siempre.

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